Discurso de Carlos Barrera grado 2018-1

Queridos amigas y amigos

Hace un par de semanas, en el grupo secreto que tenemos los profesores, estudiantes y exalumnos de Qualia en Facebook, publiqué un artículo sobre la amistad en la filosofía de Aristóteles. Sé que este tipo de artículos son tan impopulares como este discurso -que ya comenzó mal- y que seguramente son disparos a las nubes. Pero aun sabiéndolo, como creo que la labor de educar, al igual que la del leñador, consiste en ajustar golpes una y otra vez en el mismo lugar con el fin de tumbar algún día el grueso roble,  pensé que, tal vez, a fuerza de citar a Aristóteles y de hacer un discurso sobre él, alguien, quién sabe, sentiría en un futuro indeterminado la curiosidad malsana de leerlo y, en este caso, de preguntarse en días como hoy, de Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat y Tinder, qué es la amistad y por qué hacemos amigos.

Le había puesto un mensaje aristotélico -millennial- gomelo, que trataba, infructuosamente, de animar su lectura. Decía: “Bonito si algún amigo virtuoso lo lee”.

Como era de esperarse, pocas personas lo leyeron. Acaso tal vez solo uno: José Didier Rincón, un notable exalumno, quien, ante la soledad de mi post y, tal vez, ante la soledad de su vida en Francia, tendía un lazo entre dos almas solitarias y patéticas: yo poniendo un post que nadie lee y él leyendo un artículo que nadie comenta. La réplica a mi artículo decía lo siguiente:

Dicen que dice, “virtuous life is one where habits are formed that allow me to reach one’s full potential”. Retuve esto mientras terminaba y no pude dejar de hacerlo porque, en últimas, entiendo que un amigo es un hábito. Ahora, un hábito es algo que yo construyo y, a partir de esto, es impreso por y para mí. Entonces, en tanto que el hábito está en mí, “mi” amigo también está en mí.

Confieso que, aunque había leído La Ética a Nicómaco de Aristóteles en mi carrera y que tenía más o menos claro qué decía Aristóteles sobre la amistad, no había leído el artículo. Sí amigos, los profesores y adultos también somos un manojo de desaciertos e incongruencias y, como dice acertadamente nuestra amiga y colega acá presente, Ángela Aristizábal, ustedes están llegando a esa edad en que se dan cuenta de que los adultos tampoco tenemos ni la menor idea de lo que estamos haciendo.

Pero volviendo a lo que nos interesa, como es apenas de suponer, después de ese mensaje quedé conmovido y tuve que leer el artículo. ¿Y qué decía? Pues lo que dice Aristóteles releído a la luz de nuestros días: que no vivimos solos, que somos unos seres gregarios y que por lo tanto nos necesitamos, no solo para sobrevivir, sino también para aprender, realizarnos y, en el caso de Aristóteles, para ser felices. No me quisiera acá detener en este concepto tan lindo y complejo, pero también tan trillado en estos días por los mercaderes de la felicidad, coaches, psicólogos y educadores.

Tan solo digamos que Aristóteles entiende, y en este punto creo estar de acuerdo con él, que toda vida que se considere buena y digna de ser vivida, admirada y recordada, debe estar forjada a través de una buena amistad porque es, en el espacio que se crea entre dos amigos, donde el otro, a pesar de su diferencia, deja de ser visto como un enemigo o una amenaza. La amistad también implica reconocer en el amigo o la amiga virtudes que no tenemos y que quisiéramos tener; la amistad, es entonces, reconocer el deseo de aprender y también el deseo de ayudar y de compartir. Vemos en el amigo, vemos en ustedes, no solo un antídoto frente a la soledad, sino también un bien, un bien que también deseamos para nosotros mismos precisamente porque de él carecemos.

A la luz de esto, quise pensar y entender qué ha significado para ustedes que se gradúan hoy y para mí (los profesores ya hablarán de ello más adelante), esta relación y amistad que hemos construido y pulido y a la que nos hemos habituado con el tiempo, y cómo mutuamente nos hemos fortalecido en nuestras carencias. Pensé entonces, en el acto hermoso, misterioso y peligroso de cuando nos cruzamos como extraños en nuestro primero encuentro.

Por ejemplo, recordé que, cuando conocí a Juan Camilo, pensé: “este tipo es exactamente lo opuesto a mí, le gusta el reggaetón y para colmo de males quiere ser cantante.” vi también también, la cara de Manuela y su mamá, mirándome y diciéndome: “Vas a tenerla difícil para convencer al papá, que es como cuadriculado y no le gusta la idea de que Manuela termine en un “validadero””; recordé que, para convencer a Camila Trimmiño, me tocó stalkearla en Facebook y ver qué amiga teníamos en común para que la animara a entrar a Qualia, pues o no quería o tenía miedo de salirse del Santa María; Y también recordé que, cuando vi a Valeria presentando el examen de admisión y hablé con ella, me dijo en un tosco castellano que hablaba alemán, inglés, y un poco de francés y un poco de ruso, pero que estaba en noveno y que debería ya estar graduada. Yo pensé: “¿qué es este rompecabezas sin sentido y sin orden?, ¿qué hace una alemana políglota y brillante en Qualia, cuando debería estar en Heilderberg estudiando filosofía? Y recordé también que cuando conocí Juan Sebastián Riveros, me llamó la atención que tenía serias dificultades para callarse y para quedarse quieto y para dejar de reírse, y yo dije: “¡qué maravilla de tipo, pero ay de nosotros que tendremos que pacificarlo! Y también pensé en la incertidumbre que me generó Miguel, hoy tristemente ausente, pues venía de uno de los mejores colegios de Bogotá, de tal forma que si se sacaba un buen ICFES el logro era de su anterior colegio, pero si le iba mal la responsabilidad era nuestra. Y también vislumbro hoy la timidez lejana de Antonio, con sus gafas y mirada gacha, aceptando la decisión de entrar a Qualia, como una víctima que obedientemente va hacia el cadalso. Y también me acuerdo que un día vi a Juan Andrés, antes de entrar a Qualia, correr en estampida por la calle con un grupo de muchachos perseguidos por la policía. Me miró y me dijo: tranquilo que esto no fue por mí culpa. Con el tiempo supe que era verdad, pero se imaginan ustedes las expectativas que me hacía. Y no puedo olvidar la mala cara de Mateo en la entrevista en la que me dijo: “Tranquilo que en dos días yo estoy por fuera de Qualia y estoy de regreso a mi colegio a mi colegio antiguo”. Y tampoco puedo olvidar a Valentina, de 13 años hace ya casi 4, prometiéndome una cantidad de cosas que no me podía cumplir por su edad, pero a partir de las cuales comenzamos a vivir y construir una amistad que será imposible olvidar.

El común denominador de ustedes, en esos entonces extraños tiempos, era una cara de dolor, tristeza, temor, desconcierto y rabia, productos de algún tipo de exclusión. Esta cara contrasta con la de hoy: sonriente, tranquila, que me habla de unas personas más seguras de sí, más espontáneas y por lo tanto más libres.

Siento que Qualia ha sido un lugar en donde nos hemos obligado todos a estar los unos con los otros y en el que el extraño, el desconocido, “el hombre lobo para el hombre” (como decía Hobbes), ha sido reemplazado por la familiaridad, el reconocimiento y, claro, la amistad. La amistad, que no ha sido nada diferente del ejercicio de salir de nosotros mismos, una y otra vez, para ver las cosas como las ve el otro, entender sus historias, sus dolores y sus triunfos, pensando que así podemos establecer mejores relaciones entre nosotros.

Ojalá esto sea cierto y no sólo mi impresión, pues en Qualia creemos que la educación debe ser un espacio propicio para que los extraños puedan aparecer sin el temor a ser juzgados o maltratados, y en el que se arrimen los unos a los otros siendo como son, no con temor y desconfianza, sino con el fin de encontrar el abrigo que los seres humanos necesitamos no solo para vivir, sino también para ayudarnos y realizarnos. Porque cuando eso pasa, cesa el implacable juicio con el que castigamos a quien no se parece a nosotros, y el error y el fracaso toman una perspectiva diferente. Cuando somos amigos desaparece el “eres una perra”, “eres un guiso”, “eres tan gay”, “eres un mamerto”, “eres un paramilitar”, pero también desaparece el “eres un vago”, “eres un perezoso”, “eres un fracasado” y aparece con nitidez Juan Camilo el resiliente, Valeria la discreta y auténtica, Antonio y la bondad, Juan Andrés y su capacidad para transformarse y reinventarse, Juan Sebastián y su capacidad de asombro, Camila y su capacidad para burlarse de sí misma, Miguel y su humor e ironía, Mateo y su autenticidad, Manuela y su templanza, y Valentina y su valentía.

Y cuando esto sucede, desaparece la rabia y el odio y aparecemos ante los otros de una manera más espontánea y desprevenida, y nos sentimos en la tranquilidad de hablar de nuestros gustos políticos, de nuestras aventuras y desventuras amorosas, de nuestros temores irresolutos y nuestros dolores, y nosotros sus profesores sentimos que construir este tipo de relaciones es lo mismo que educar. Porque gracias a esto somos personas menos prejuiciosas e indolentes.

La felicidad y nostalgia con la que sé que nos miramos en estos momentos, corroboran esta idea, y nos hace también entender que estas sonrisas no son fruto de Facebook, WhatsApp, Tinder o Snapchat. En esta vivencia conjunta, en este acompañamiento mutuo, en este roce constante nosotros nos vemos realizándonos en ustedes como profesores, y los sentimos a ustedes realizándose en nosotros como nuestros estudiantes. Entonces recuerdo la cita, causa primera de estas palabras:  educarlos ha sido un hábito que yo construido, ha sido impreso por y para mí, entonces, en tanto el hábito está en mí, ustedes también lo están.

. Tal vez, el mejor resumen de mi agradecimiento lo podamos encontrar en una frase que le dice Romeo a Julieta: “Mi riqueza es infinita, tan profunda como el mar, mientras más te doy, más tengo”. Como siento que hoy soy mejor gracias a ustedes, como gracias a ustedes tengo una historia con sentido que contar, mil gracias. No es poco lo que han hecho por mí. Muchas gracias porque gracias a ustedes siento mi vida ha valido la pena.

 

Muchos éxitos mis queridos amigos, porque en esta lógica, sus triunfos también serán los míos y los nuestros.